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HISTORIA DEL TABACO HISTORIA DEL TABACO
Historia

Hacer historia del tabaco es en cierto modo hacer historia del hombre. Se trata de intentar descubrir comportamientos, actitudes y creencias que se crean y se modifican en torno a algo que hoy más que un hábito se ha convertido en una necesidad.

1492 fue el año del paso a la Modernidad. España abanderó tan decisivo cambio para Occidente y para el mundo entero: los Reyes Católicos expulsaron a los árabes de la Península, Cristóbal Colón descubrió América, y el marinero Rodrigo de Jerez introdujo el tabaco en Europa.

Probablemente, el origen de fumar provenga de los hombres primitivos, los cuales, como tenían que conservar y avivar el fuego, le tiraban todo tipo de maderas y plantas a su alcance. Este hecho provocaría que se dieran cuenta de la diferencia de olores emitidos por unas plantas y otras, y lo que es más importante, de los efectos que provocan. Tal vez, con el tiempo fueron conociendo mezclas estimulantes, tranquilizantes, alucinógenas... útiles a fines religiosos; las prepararon picando las hierbas, las quemaron, y aspiraron su humo con intención.

Los mayas son el primer pueblo del que sabemos con seguridad que fumaban. Hay prueba: el grabado de un sacerdote maya fumando (siglos VI-VII) que se encuentra en el templo de Palenque (Yucatán). Ahora bien, son muchas las plantas, hierbas y mezclas de ellas que se pueden fumar. ¿Cuándo empieza a fumarse tabaco sin mezclar? Lo desconocemos. Con amplitud, podemos decir que la América Precolombina fue consumidora de tabaco, sobre todo para prácticas religiosas o curativas. Y no sólo se fumaba sino que también se bebía, se mascaba, e incluso se aspiraba por la nariz. Para lo primero utilizaban tubos de madera o de barro que llenaban con la hierba picada; para la inhalación reducían la hierba a polvo. Todavía hoy los chamanes o médicos brujos de los indios de Warao de Venezuela emplean una mezcla, compuesta en su mayor parte por tabaco, para alcanzar los estados de trance que son parte de rituales sacros.

La aparición del tabaco en España es fruto de un hecho histórico, los viajes de Colón, es decir, el descubrimiento del Nuevo Mundo. Pero el hombre ha fumado desde mucho antes de esta fecha. En las comunidades primitivas el descubrimiento del fuego supuso una importante evolución en el plano espiritual. Un día descubrieron que ese humo que respiraban provocaba en ellos un estado de consciencia desconocido y placentero, teniendo como consecuencia que el fumar comenzara siendo una necesidad y, posteriormente un rito. La costumbre había nacido.

Posiblemente, Colón desconociera que había descubierto el tabaco a la vez que América, fueron necesarios cien años para que el tabaco circulara en algunos puertos españoles como Sevilla, Cádiz, Cartagena, etc. El resto de Europa no tardaría en conocer las excelencias de la nueva planta de tabaco.

Hablar de tabaco, y por ende, hablar del cigarro puro, es hablar de historia. Se desconoce la fecha exacta en que comenzó a cultivarse la planta, ciertas investigaciones estiman que la entrada de la Nicotiana Tabacum en Cuba tiene lugar a través de los Aravacas y lo datan entre dos mil y tres mil años antes de Cristo.

No obstante, este cultivo para Europa fue desconocido hasta que en el año 1492 Cristóbal Colón descubrió la base del cigarro puro, al mismo tiempo que el Nuevo Mundo.

Cuando desembarcaron en Cuba lo primero que vieron fue a un gran número de indios; hombres y mujeres, que sostenían un pequeño tizón encendido en la mano para prender fuego a unas hierbas, con las cuales se ahumaban según su costumbre. Rodrigo de Jerez, uno de los marinos que acompañó al Almirante Colón en su primer viaje a América y quien introdujo el hábito de fumar en España y en muchos otros países, relató lo que más tarde se consagraría como el gran hallazgo del tabaco.

Los primeros que usaron las hojas de tabaco para fumarlas fueron los mayas hace mil quinientos años confiriendo al fumar una significación clínica y ceremonial. Su legado de peculiares tallas y grabados demuestran cómo este pueblo centroamericano dio al fumar un carácter religioso y ceremonial. Imágenes como sacerdotes fumando en actitud de adoración al sol, auguraron el éxito de un cultivo que, sin duda, revolucionó la vida en el campo.

Algunos pueblos de la América precolombina no sólo emplearon el tabaco con fines rituales, sino que llegó a ser utilizado como remedio curativo. Y es que los nativos mayas estaban convencidos de que la enfermedad era producida por un mal espíritu que se apoderaba o habitaba en el enfermo, y sólo podía ser expulsado de él mediante el humo del tabaco.

Dos especies diferentes en estado silvestre se cosechaban en este Nuevo Continente: la Nicotiana Rústica, cuyo cultivo tenía lugar en México, el este de América y Canadá, que consistía en una hoja estrecha con un alto contenido de nicotina y tan amarga que se fumaba en pipa, lo que dio lugar a la famosa pipa de la paz ; y la Nicotiana Tabacum, alta, ancha y mucho más suave que la anterior.

A finales del siglo XII, los aztecas invadieron el territorio maya y asimilaron la costumbre de fumar tabaco. Sin embargo, dieron al fumar un carácter más social que religioso, ya que lo más importante se centró únicamente en la magnificencia y el refinamiento de los utensilios de fumar. Los aztecas conservaron la costumbre hasta la llegada de los españoles a principios del siglo XVI.

EL HALLAZGO

Cuando el tabaco fue descubierto por dos marinos españoles mientras exploraban el interior de la isla de Cuba hacía ya un mes que la Pinta, la Niña y la Santa María habían tocado tierra. Éstos fueron recibidos por los nativos con frutas, jabalinas de madera y ciertas “hojas secas que desprendían una peculiar fragancia”. Uno de estos dos marinos fue Rodrigo de Jerez quien no dudó en traer esta costumbre a nuestro país. Esta acción fue considerada por la Inquisición como un acto diabólico y fue encarcelado durante muchos años por practicar algo pecaminoso e infernal.

El 28 de octubre de 1492, Colón y sus hombres arribaron a las costas de Cuba, y lo que más les llamó la atención de sus habitantes fue observar que expulsaban humo por la boca procedente de unos cilindros de hojas secas, que no eran otra cosa que tabaco. Su consumo se asociaba a fines mágicos, religiosos y también medicinales.

La planta del tabaco, la "Nicotiana Tabacum", de cuyas hojas se obtienen diferentes opciones destinadas al consumo humano (cigarrillos, cigarros puros, picadura de pipa, rapé, tabaco de mascar, etc), (Melero y Pérez, 2001: 62). Se cree originaria de la zona del altiplano andino, aunque cuando Colón llegó a América, ésta ya se había extendido por todo el continente, y la mayoría de su población ya mantenía una relación más o menos intensa con dicha sustancia.

Los conquistadores, a su regreso, junto a otros productos, como la patata o el maíz, trajeron también el tabaco y como no, el hábito de su consumo.

"Hallaron los dos cristianos por el camino mucha gente que atravesaba a sus pueblos, mugeres y hombres, con un tizón en la mano, (y) yervas para tomar sus sahumerios que acostumbravan. No hallaron poblaçión por el camino de más de çinco casas, y todos les hazían el mismo acatamiento. Vieron muchas maneras de árboles, yervas y flores odoríferas. La tierra muy fértil y muy labrada de aquellos mames y faxoes y hadas muy diversas de las nuestras, eso mismo panizo y mucha cantidad de algodón cogido y filado y obrado; y que en una sola casa avían visto más de quinientas arrovas y que se pudiera aver allí cada año cuatro mill quintales.

Dize el Almirante que le pareçia que no lo sembravan y que da fruto todo el año; es muy fino, tiene el capillo grande. Todo lo que aquella gente tenía diz que dava por muy vil preçio y que una gran espuerta de algodón dava por cabo de agujeta o otra cosa que le dé. Son gente, dize el Almirante, muy sin mal ni de guerra, desnudos todos, hombres y mugeres, como sus madres los parió. Verdad es que las mugeres traen una cosa de algodón solamente, tan grande que le cobija su natura y no más. Y son ellas de muy buen acatamiento ni muy negro (s) salvo menos que canarias".

Así es como Rodrigo de Jerez relató lo que más tarde se consagraría como el gran hallazgo del tabaco.

LA LLEGADA DEL TABACO AL VIEJO MUNDO

Rodrigo de Jerez fue él el primer europeo que (junto a Luís de la Torre) desembarcó en Cuba y cogió el hábito de fumar. Al volver a España continuó con su costumbre. La gente, al ver cómo le salía humo por la nariz y la boca, creyó que estaba poseído por el demonio. Rodrigo pasó varios años en la cárcel. Durante ese tiempo el uso del tabaco se extendió tan rápidamente que cuando salió se quedó sorprendido de ver cómo todo el mundo practicaba el delito por el que había sido encarcelado.

Un médico sevillano, nacido en 1493, Nicolás Monardes, fue el primer escritor científico en alabar el tabaco. Le atribuyó virtudes curativas, e introdujo aquella planta entre las beneficiosas para la salud. Según Monardes, el tabaco tomado en un caldo producto de su cocimiento alivia la artritis y cura el mal aliento, y mascado hace desaparecer la jaqueca y el dolor de muelas. Pronto, ‘la hierba que marea’ -con ese nombre se conoció al tabaco en el siglo XVI- fue ampliamente considerada medicinal, y remedio contra el dolor de estómago. Incluso se llegó a hacer píldoras de tabaco, y no faltó quien lo considerara panacea para todos aquellos males que a la razón carecían de remedio farmacológico conocido.

El hábito se puso de moda y en el siglo XVI el fumar había sido adquirido por todo tipo de clases sociales, distinguiendo la pipa entre las más elevadas y el rollo de hojas como precursor del cigarro puro, entre las más populares, el tabaco de mascar era más propio de la gente de mar, por el peligro de incendios en los barcos, y de los albañiles ya que siempre tenían las manos ocupadas.

Al principio, fueron los frailes en las huertas cerradas de sus conventos los más entusiastas plantadores de tabaco, quienes lo utilizaban con fines ornamentales y medicinales. Así, el hecho de que el tabaco se cultivara preferentemente en estos lugares cerrados, llevó más tarde a dar el nombre de estancos a los comercios donde debía venderse.

En este paseo por la historia no hay que olvidar dos curiosas anécdotas que sin duda contribuyeron a la expansión del tabaco y que tuvieron lugar en Francia e Inglaterra. La primera de ellas tiene por protagonista al embajador francés Jean Nicot, cuya buena acción puso de moda el fumar. La Reina Catalina de Médicis, quien sufría fuertes jaquecas, hizo caso al ilustre cuando le recomendó que lo tomara aspirándolo por la nariz.

Los dolores desaparecieron y el rumor hizo que el tabaco, como remedio curativo, se extendiera por toda Francia y el resto de Europa. Cuando el botánico sueco Linneo publicó su Species Plantorum, no dudó en elegir el nombre Nicotiana Tabacum en homenaje al embajador.

La segunda anécdota llega de la mano de los primeros navegantes ingleses, que bajo las ordenes de Sir Walter Raleigh, exploraron las costas orientales de Norteamérica. Su descubrimiento fue el estado de Virginia, que dio nombre al tipo de tabaco allí cultivado, y el cual no tardó en introducirse en la Inglaterra de la reina Isabel I. Años después, el tabaco se convirtió en la base económica de las colonias inglesas de la metrópoli. Y así es como los grandes viajes marítimos de los siglos XVI, XVII y XVIII alrededor del mundo contribuyeron a llevar el tabaco y el hábito de fumarlo hasta las costas de Asia, África y Oceanía. Su culminación tuvo por protagonista al siglo XIX, en plena efervescencia del movimiento romántico. A partir de ahí, el tabaco no tardó en convertirse en el más revolucionario de los fenómenos sociales.

No obstante la buena acogida que tuvo el tabaco en Europa, se encontró con una fuerte oposición por parte de monarcas y demás gobernantes. Sevilla, la primera ciudad europea donde se fumó en público, fue también la primera ciudad donde se prohibió. Y, claro, las prohibiciones en aquella época eran bastante más severas que las actuales.

Citemos unos ejemplos. A mediados del siglo XVII, el sultán Murad IV gustaba de sorprender a los hombres fumando, incluso en el campo de batalla, y castigarlos con decapitación, desmembramiento o mutilación de manos. En la región alemana de Luneberg, poco después se suman a esta iniciativa y decretan la pena de muerte por mascar, inspirar nasalmente o inhalar humo de tabaco. El zar de Rusia Alexis Mijailovitch amputaba la nariz a los infractores de su norma antitabaco; los cronistas de la época aseguran que nada surtía gran efecto: se veía gran multitud de gentes desnarigada con el cigarro en la boca. En Sajonia, Transilvania, Berna, Saint Gall, en los Países Bajos y en Suecia la costumbre se encuentra ilegalizada también con medidas de distinta gravedad. El sueco Gustavo II Adolfo, por ejemplo, declara que «nada hay en el mundo tan aborrecible como ese humo, a excepción de la lengua alemana».

También la Iglesia se opuso al consumo de tabaco, alegando que el uso de drogas se basa en la aflicción y el hedonismo, y conduce a los hombres a no ser dueños de su existencia. (En realidad su oposición a las drogas estaba basada en la persecución de brujos y hechiceros). En 1642 el Papa Urbano VIII decidió excomulgar a los consumidores de tabaco, sobre todo a los de rapé -tabaco en polvo- que se permitieran “abuso tan repugnante” en cualquier lugar próximo a los templos y sus anexos, porque los estornudos que provocaban distraían a los fieles del seguimiento de la santa misa y del sermón.

A pesar de ello, antes de que termine el siglo XVII el hábito de fumar, esnifar, o mascar la planta ha invadido todos los continentes. Ha llegado a las zonas árticas y a los desiertos ardientes, invade las ciudades y los campos. No hay en los anales de la humanidad una costumbre que se disemine tan amplia y rápidamente.

A ello hay que añadir que el tabaco era también un negocio, y alimentaba el vicio estatal de poner impuestos. En España empezó a gravarse hacia 1611. Poco después, en 1632, nacían los estancos. Portugal (1644), Austria (1670) y Francia (1694) siguieron el ejemplo del fisco español. La situación se tranquiliza a principios del siglo XVIII, cuando Pedro el Grande de Rusia renuncia a las torturas y mutilaciones vendiendo al Farmers General inglés el derecho de exportar tabaco al país por 15.000 libras esterlinas.

También el papado reconsidera su actitud de excomunión. En 1725, Benedicto XIII decide aceptar la ‘embriaguez seca’ -nombre con el que se conocía entonces al hábito-. Quería evitar a los fieles el espectáculo escandaloso de dignatarios eclesiásticos escapando del santuario para irse a fumar a escondidas.

Aunque del cigarro puro se sacaban más beneficios, fue finalmente el cigarrillo el que triunfó entre los tipos de tabaco. Tuvo un origen humilde: al parecer lo inventó un mendigo en Sevilla, que aprovechaba las colillas de los puros para alimentar su vicio. En torno a esta costumbre nació el cigarrillo como industria, con el nombre de ‘papelillo’. La crisis económica de mediados del siglo XIX lo puso de moda. De España, el cigarrillo pasó a Portugal, de donde se extendió a otras naciones. En 1853 se creó en la Habana la primera fábrica de cigarrillos del mundo. Los primeros se liaron a mano, y no fue hasta 1860 cuando empezó el proceso de mecanización. Ni ingleses ni norteamericanos quisieron prestarle atención, por considerarlos cosa propia de mujeres. Sin embargo, tras la Guerra de Crimea las cosas cambiaron, al entrar el mundo anglosajón en contacto con el tabaco rubio turco, mucho más delicado que el negro europeo.

Durante la Primera Guerra Mundial aumentó de forma notable el hábito de fumar, y en especial la costumbre de fumar cigarrillos. El comandante en jefe de las tropas norteamericanas cablegrafió a Washington el siguiente texto: «el tabaco es tan indispensable como la ración diaria, necesitamos miles de toneladas de él sin demora».

A lo largo de su historia, el tabaco no siempre se ha consumido de la misma forma, sino que el modo de uso fue variando según las diversas modas vigentes.

En Europa, se propagó inicialmente el tabaco en polvo, otorgándole propiedades saludables. En el siglo XVIII se tomaba aspirado por la nariz (esnifado), era famoso por su finura el de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, pero posteriormente fue sustituido por el "rapé" francés y por el groso florentín. Para su uso se acompañaba de una tabaquera de donde se inhalaba directamente, o bien se echaba un poco en la mano, aspirándolo a continuación por vía nasal, siendo indicativo de vulgaridad el inspirar grandes cantidades de una sola vez. Su consumo decae definitivamente a finales del siglo XVIII.

El consumo del cigarro puro data del siglo XVII, se ve incrementado de manera significativa en el siglo XIX y era signo de elegancia y poder económico.

En sus inicios, el cigarrillo tan sólo era consumido por las clases humildes, el ritual que acompañaba a su liado se consideraba una excusa para tomarse un descanso en el trabajo, de ahí su interpretación como una forma de perder el tiempo.

La modalidad de consumo de tabaco en pipa existió desde épocas remotas, sin embargo en Europa no comenzó hasta el siglo XVI, pero es en el siglo XIX cuando cobró auge entre las minorías selectas de las artes y las letras (Becoña, Palomares y García, 1994: 24).

A finales de este siglo se produjo un cambio en los hábitos de consumo. Los grupos de la sociedad más pudientes pasaron a adueñarse del tabaco de humo, por lo que Sevilla se lanzó a la confección del cigarro puro, abandonando cada vez más el rapé. A partir de aquí el cigarrillo se convirtió en el gran protagonista. Desde finales del siglo XIX y principios del XX, el cigarrillo ostenta ya una primera posición en el mercado favorecida por el abaratamiento y masificación de la producción que permite que todas las clases sociales tengan acceso a él.

A raíz del descubrimiento de la máquina de fabricar cigarrillos durante la Revolución Industrial, el consumo de tabaco efectúa un salto cualitativamente considerable, propagándose con un mayor ímpetu a partir de la 1ª Guerra Mundial (1914-1918). Desde la 2ª Guerra Mundial, a raíz de las transformaciones sociales que la siguen, se evidencia la incorporación de la mujer a su consumo hasta llegar a nuestros días. Ya entrado el siglo XXI, en muchos países de los considerados desarrollados, son muchas más las adolescentes mujeres fumadoras que hombres.

Desde hace siglos, numerosos han sido los partidarios y los detractores de este producto, de forma que la documentación que podemos encontrar al respecto es muy abultada, especialmente desde el siglo XVI hasta la actualidad. En los primeros tiempos se ensalzaban sus propiedades terapéuticas, las posibilidades de aclimatación y cultivo..., siendo en la última mitad del siglo XX cuando proliferan los estudios epidemiológicos que pondrán de manifiesto los efectos nocivos del tabaco, sobretodo cigarrillos, los cuales llevan añadidos, aparte de papel cientos de productos químicos, tema sobre el que la literatura impresa es especialmente abundante (Becoña, Palomares y García, 1994: 19).

EL TABACO EN ESPAÑA

Aparte de lo ya dicho sobre la introducción del tabaco por Rodrigo de Jerez, fueron los cronistas españoles los verdaderos transmisores de lo que hoy en día puede denominarse como la historia del tabaco en España. Crónicas como las de Fernández Oviedo y De las Casas, entre otros, contribuyeron a extender su conocimiento y uso entre los europeos indianos y continentales.

"Tomaban el aliento y humo para sí una y dos y tres y mas vezes hasta que quedaban sin sentido gran espacio o adormidos de un grande y muy pesado sueño (...) E aquel instrumento con que toman el humo llaman los Indios Tabaco, y no a la yerva o sueño que les toma. Pero esta yerva tenían los indios por cosa muy preciada y la crían en las haciendas y heredamientos de sus amos (…) porque dicen que cuando dejan de trabajar y toman el tabaco, se les quita el cansancio. Sé que algunos cristianos lo usan, en especial algunos que están tocados por el mal de las bubas, porque dicen los tales que aquel tiempo que están así transportados no sienten los dolores de su enfermedad."

En un principio el tabaco llegaba a España de los indígenas, pero debido a la gran demanda nacional que existió en nuestro país a partir de la segunda mitad del siglo XVI, comenzó a llegar de la mano de los colonos.

El desarrollo del tabaco comenzó en la marinería, para extenderse después a los sectores marginales y grupos sociales de rentas muy bajas. Sin embargo, la evolución del hábito de fumar tabaco dio lugar a que los grupos de rentas más altas se apropiaran de esta práctica, produciéndose así un aumento del consumo que no escapó a la sutileza de Hacienda. Poco a poco, esta abrumadora expansión del tabaco hizo que los gobiernos vieran la posibilidad de un gran negocio. El aumento del consumo provocó una mayor fabricación y venta, lo que obligó a sustituir la fabricación artesanal por la industrial, y se fue creando un comercio internacional que, hoy en día, sigue teniendo mucha importancia.

A principios del s. XVII (1620) empieza a funcionar en Sevilla la primera fábrica de tabacos española bajo el nombre de La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, que se convertiría en la mayor construcción industrial del mundo. A Sevilla le sigue, por orden cronológico, la Fábrica de Cádiz.

En ellas se comenzó elaborando polvo de tabaco, muy apreciado en toda Europa, y más tarde cigarros puros hechos con hojas producidas de nuestras colonias de ultramar. La gran influencia de las fábricas españolas no disminuyó cuando, bastantes años después de su puesta en funcionamiento lo hicieran otras francesas, alemanas o italianas. Más tarde, en el año 1717, un real Decreto de la Corona de España dio lugar a la fundación de la primera fábrica de tabaco en Cuba, la Real Factoría de La Habana, implantando así un régimen de monopolio para la naciente industria cubana.

A lo largo del siglo XVIII, los precios del tabaco se dispararon, lo que contribuyó a un aumento de la presión fiscal y a un acercamiento del fumar hacia los grupos adinerados.

El tabaco de humo (sin previa elaboración) quedaba destinado entonces al resto de la sociedad, y el consumo de rapé (tabaco aspirado) se convertía en el mayor ritual costumbrista y social de Europa propio de las sociedades burguesas y aristocráticas.

Pero a finales de este siglo se produjo un cambio en los hábitos de consumo de tabaco. De nuevo, los grupos sociales con más renta acabaron por apropiarse del tabaco de humo, hasta entonces considerado como mercancía marginal, por lo que Sevilla se lanzó a la confección del cigarro puro, abandonando cada vez más el rapé. Poco después se unirían a esta producción las factorías de Madrid, Alicante, La Coruña, San Sebastián y Bilbao, lo que hizo del cigarrillo el gran protagonista del nuevo panorama social.

Desde finales del siglo XIX y comienzos del presente, el cigarrillo ostenta ya una primerísima posición en el mercado. Y mientras el abaratamiento y la masificación de la producción contribuye a que todas las clases sociales tengan un fácil acceso al tabaco, las formas antiguas de tomarlo van quedando relegadas al pintoresquismo y la rareza curiosa. No hay duda de que el fumar se ha convertido en un hecho universal.

En Francia, el consumo del tabaco fue introducido entre la nobleza al recomendárselo el embajador de Francia en Portugal, Jean Nicot (a quien debe su nombre científico Nicotiana) a la reina Catalina de Médicis, como alivio a sus fuertes jaquecas. Su consumo se puso de moda entre las clases acomodadas, debido a esta atribución de propiedades curativas, casi milagrosas, aunque no como cigarro, sino en forma de polvo, el "rapé". Este halo medicinal, facilita su expansión, al tiempo que surgen las primeras prohibiciones de su uso, sin embargo no fueron suficientes para frenar el paulatino auge del mercado del tabaco.

APLICACIONES TERAPEUTICAS

Aplicaciones terapéuticas del tabaco en los siglos XVI – XVIII

Nicolás Monardes (1508 – 1588), sevillano, fue el primero en interesarse por las propiedades de las plantas que llegaban de las Indias, entre ellas el tabaco. En su obra Primera, segunda y tercera partes de la historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven de Medicina (1547) refleja las virtudes medicinales del tabaco utilizado como emplastos, jarabes o inhalatorios, para el dolor de cabeza, heridas, dolores de estómago, asma un largo etcétera de patologías.

Durante el siglo XVII se publicaron otros trabajos como La historia de las virtudes y propiedades del tabaco, de Juan de Castro (Córdoba, 1622); Las excelencias y maravillosas propiedades del tabaco, de Cristóbal de Hayo (Salamanca, 1645) o en francés Traictè du tabac (Neander, 1626) y el Discours du tabac et de ses divers usages en mèdecine (Baillard, 1693). Las utilizaciones del tabaco propuestas por estos autores son muy similares a las de Monardes, extendiéndose a enfermedades como la gota o la tuberculosis.

Ya en el siglo XVIII Fowler comenta sus grandes éxitos en ascitis e hidrotórax mediante la utilización de la nicotiana. A finales de este siglo apareció la “máquina o caja fumigatoria” para la reanimación de ahogados que consistía en un cilindro de latón con un rollo de tabaco en su interior, un fuelle y una cánula que al introducirse por el recto del paciente bombeaba humo que calentaba el organismo, dilataba el intestino y favorecía la respiración espontánea.

Aún a finales del XIX, Trousseau y Pidoux consideraban al tabaco un fármaco útil en enfermedades del sistema nervioso, digestivo, urinario, respiratorio, gota, envenenamiento por estricnina etc.

NATURALEZA DEL TABACO

¿QUÉ ES EL TABACO? , tan divulgado y tan poco conocido.

El tabaco es una planta que pertenece al género Nicotiana, familia botánica de las Solanáceas. Destaca por su considerable altura, por sus grandes hojas y hermosas flores. Es la única planta de la naturaleza capaz de sintetizar en sus hojas la nicotina y luego conservarla en sus hojas secas.

Hay muchas clases dentro del género Nicotiana, pero sobresale por su mayor interés comercial, la Nicotiana tabacum; de ésta existen diferentes variedades según su apariencia, tamaño y cualidades, de ahí que cada tipo de tabaco necesite un clima y tierra determinados.

Concepto. El tabaco es una planta de la familia de las solanáceas, originaria de América, de raíz fibrosa... etc. Ésta definición de herbolario sólo vale en diccionarios y en congresos de botánica . Porque, si alguien nos interroga: «Disculpa, ¿tienes tabaco?» ¿acaso espera que le demos una planta solanácea? No, quiere un pitillo. Ya en su origen, el término ‘tabaco’ se confundió: en la colonización de América, los españoles observaron que los indígenas metían las hojas de la planta en un tubo, las prendían por un extremo y por el otro aspiraban su humo; a la planta la llamaban ‘cohiba’, y al tubo ‘tabaco’; más tarde, cuando uno de los primeros cronistas, Bartolomé Casas, se refirió a esta costumbre de los indios americanos, confundió el término del tubo y de la planta, y así ha quedado hasta nuestros días. Hoy, el tabaco es la planta y el cigarrillo. Y también es la hierba picada que se introduce en la pipa o que se mezcla con “chocolate”, e incluso el rapé o polvo que en otra época tanto se esnifó. ‘Tabaco’ tiene variadas y parecidas acepciones (más una etimología confusa). Ante estas dificultades, para racionalizar el tabaco sólo se puede hacer una cosa: encontrar su esencia.

Ya que el tabaco es, tanto un ser vivo -una planta- con una geometría color y tacto determinados, como un ser inanimado -hierva picada, polvo...- con otra forma determinada, su naturaleza ha de ser química. Es decir, encontraremos lo esencial del tabaco en la sustancia o sustancias químicas que están presentes en cualquiera de sus formas.

En la combustión de un cigarrillo aparecen benceno, acetona, amoníaco, y otras sustancias ausentes en la planta y en los cigarros puros; por el contrario, en la planta de tabaco hay, entre muchas otras, clorofila y ácidos nucleicos, moléculas ausentes en la quema. Estas sustancias no son esenciales al tabaco, son accidentales. Aún más, los productos de combustión del cigarrillo están presentes en muchos otros lugares; tampoco clorofila y ADN son exclusivas de la nicotiana tabacum, ya que están en cualquier representante del reino vegetal. Estamos buscando sustancia/s químicas propias del tabaco y solamente de él.

Dicha sustancia es la nicotina. La nicotina se encuentra en la planta viva, en el cigarro apagado y en el cigarro encendido, en la hierba picada preparada para liar, en el polvo listo para esnifar, y en la mezcla a punto de ser mascada. Y sólo se encuentra ahí (con la excepción de los parches o chicles de nicotina, que son sucedáneos o copias adrede del verdadero tabaco, y de la sustancia aislada en el matraz del químico en su laboratorio). En suma, la esencia del tabaco es la nicotina, y hablar de la naturaleza del tabaco es hablar de esa sustancia.

La nicotina fue aislada por primera vez en 1828. Su nombre se debe a Jean Nicot -véase el capítulo anterior-. Se trata de un alcaloide líquido, incoloro y levógiro . Su fórmula empírica es C10H14N2.

MITOS Y LEYENDAS

Numerosos mitos y leyendas relacionadas con el humo y el tabaco, propias de las culturas precolombinas, han llegado hasta nosotros como parte de las tradiciones arraigadas aún en numerosas comunidades indígenas actuales.

De esta manera, los indígenas que habitan en las orillas del cauce inferior del río sucio, en Colombia, junto al istmo de Panamá creen que allí se encontraba el legendario país de Dabeida, donde existió un templo, en cuyo centro se levantaba un ídolo de oro macizo que representaba a la diosa de la tempestad. Este legendario lugar fue una tierra fría, cubierta por la nieve y el hielo, hasta que un chamán o hechicero sopló sobre ella una bocanada de humo de tabaco transformándola así en una tierra cálida y llena de vida.

A su vez, una leyenda de los indios waraos de Venezuela relaciona el tabaco con el origen del mundo. Cuando el "pájaro del alba" (el sol) se elevó en el cielo por primera vez, pensó en una casa situada entre la tierra y el cielo, blanca y redonda como una nube de humo. El pensamiento bastó para que la imagen se hiciera realidad. A continuación, el "pájaro del alba" crea los cuatro bahanas que constituyen los cuatro elementos del humo que dan su carácter al tabaco (bahana es el nombre con que se conoce el tabaco en la región ). Los cuatro elementos del humo son la "abeja negra", que pica fuerte cuando el fumador aspira la primera bocanada, la "abeja roja", la "abeja amarilla" y la "mosca de miel azul", cuyos espíritus traspasan los cuerpos y les infunden su fuerza.

EL "CALUMET" O PIPA DE LA PAZ

El rito del "Calumet" o pipa de paz se practicaba entre las tribus de la Gran Pradera americana mucho antes de que los colonizadores del Lejano Oeste entraran en contacto con estas culturas.

La ceremonia, revestida de un ritual mágico - religioso, podía tener un interés social, económico, político... En estos actos se fumaban las hojas de un tabaco perteneciente a la especie Nicotiana Rústica (único que se encontraba en estado silvestre en la región).

Reunidos los representantes de las comunidades o las partes que dirimían entre ellas, se encendía una pipa, con la que el conductor de la ceremonia lanzaba a los cuatro puntos cardinales bocanadas de humo para pedir la ayuda del "dios de la pradera", conocido también como el pájaro del trueno".

Después, la pipa iba pasando entre todos los reunidos. Compartida la fumada, se discutían los problemas que les habían convocado. Unas veces se trataba de alcanzar la paz entre las tribus. Otras de una boda, de un pacto comercial o de la iniciación de los adolescentes al mundo de los adultos. Los ritos eran diferentes según los casos; pero en ninguno faltaba el tabaco ni la fumada comunitaria.

LOS OTROS USOS DEL TABACO

Cuando escuchamos la palabra tabaco, la primera imagen que nos viene a la cabeza es un cigarrillo, tal vez un cigarro puro o una pipa, y raramente las barrocas cajitas de polvo de tabaco para aspirar o rapé. Sin embargo, la planta del tabaco hace honor a la denominación de panacea antárquica que recibió a su llegada al Viejo Continente y cuenta con múltiples e insospechadas aplicaciones.

En los albores de su historia, los indígenas la creían divina y su humo o sus hojas, mezcladas con cal de conchas marinas molidas, no faltaban en los rituales y ceremonias religiosas. También la utilizaban como estimulante, medicina y fuente de placer. Estos usos continuaron vigentes en la Europa de los siglos XVI y XVII, cuando se la conocía como hierba para todos los males, hierba santa, hierba vulneraria de las Indias...

Además, por aquel entonces conoció otra nueva aplicación: la ornamental.

En nuestros días (y en nuestra sociedad occidental), las plantas de tabaco no abundan en los jardines ni las macetas de los balcones. Nadie aspira rapé para calmar sus dolores de cabeza o se pone una cataplasma de hojas de tabaco para curar una herida.

Pero el tabaco sigue siendo un regalo de la naturaleza con muchas posibles aplicaciones, como las que podemos leer a continuación:

Insecticida: La nicotina contenida en el polvo o los restos agrícolas o industriales de hojas y plantas de tabaco, se utiliza con éxito como insecticida agrícola. Estos restos aplicados a las plantas cultivadas y las tierras de labor actúan como un efectivo exterminador de patógenos y gérmenes sin los efectos secundarios negativos sobre el medio ambiente y la salud que pueden tener los insecticidas de síntesis química.

Ácido cítrico: El tabaco es rico en ácido cítrico, especialmente algunas variedades como el Makhorka, cuyo contenido en este ácido es del 6 al 8% (el limón, considerado como el fruto más rico en ácido cítrico, no llega al 6%). La extracción integral de ácido cítrico como fase posterior a la extracción de la nicotina se probó con éxito, a escala semi-industrial, en el instituto de Krasnodar en la Unión Soviética en los años 30.

Papel: Los tallos del tabaco suelen desecharse como un producto sin valor. Sin embargo, investigadores búlgaros ensayaron y pusieron a punto una técnica de extracción de la celulosa contenido en los tallos del tabaco y su posterior blanqueo industrial para su transformación en papel de imprimir y escribir.

Aceites industriales: Varias experiencias han conseguido la puesta a punto de una técnica consistente en la extracción de los aceites contenidos en las semillas del tabaco. Se trata de aceites no comestibles pero con una gama de aplicaciones industriales importante como puede ser la fabricación de pinturas.

Proteínas comestibles: A partir de las hojas o de las plantas completas de tabaco se ha conseguido extraer proteínas de un alto valor nutritivo y dietético para el hombre. Estas proteínas pueden utilizarse para alimentar personas con dificultades para su nutrición.

Varias plantas semi-industriales y experimentales en Estados Unidos, Japón, Canadá, etcétera, han aplicado procedimientos con rendimientos técnicos y económicos que podrían servir de base a una nueva industria tabaquero-alimentaria con aplicaciones dietéticas y farmacéuticas importantes.

Chimó: Se trata de una pasta de consistencia blanda obtenida de extractos acuosos, fluidos de los desperdicios del cultivo, curado y transformación de los tabacos (secos) de fumar, tratados por el calor en grandes pallas o recipientes metálicos puestos al fuego sucesivamente hasta evaporación del medio líquido. La pasta resultante se decanta y deja secar hasta consistencia semi-sólida. Este es el "chimó en rama" del que se empaquetan el llamado "chimó embojotado" o "chimó aliñado", listo para su venta y consumo. De él se toman pequeñas porciones, como dos granos de arroz que se adhieren detrás de los dientes anteriores produciendo una fuerte salivación (debe escupirse con frecuencia) y provocando una cierta euforia, disminuyendo el apetito y aumentando la capacidad de trabajo (parecido a lo que experimentan los masticadores de coca en Bolivia y Perú). Suelen usarlo los indígenas y criollos de los Llanos venezolanos y colombinos.

Paneles decorativos: Mediante técnicas análogas a las utilizadas para fabricar paneles de aglomerado con serrín y trozos o desperdicios de madera, se puede introducir en la mezcla restos de cosecha, de la industria y tallos de tabaco secos y troceados o molidos. El resultado es un aglomerado de un bello "color tabaco" muy decorativo, con el que se puede dar aprovechamiento económico a restos de tabaco sin otra utilidad.

Sirven para cubrir superficies y formar biombos separadores de aspecto y color atractivos. Al parecer se han fabricado en Cuba, de donde nos llegó la idea.

Licor: Su uso alternativo nacional por excelencia. Tabaquito es su nombre y su sabor delicioso... Es típico de Almendralejo (Badajoz).

Condimento: El chef de uno de los hoteles más emblemáticos de Madrid, David Millet, utiliza tabaco como condimento "secreto" en uno de sus más exitosos platos: la lubina a la sal.



Bibliografía:

1. Brugués C. Algunes notes sobre la història del tabac. Mèmories de l’Academia de Ciènces i Arts de Barcelona, 1935; XXV: 61-84.

2. Sauret J. Historia: En: Jiménez C. Aproximación al tabaquismo en España. 1997. p. 11-21.

3. Da Costa e Silva VL, Nikgossian H. Convenio Marco de la OMS para el control del tabaco: la globalización de la salud pública. Prev Tab 2003; 5: 71-5.

4. Monardes N. Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina. Sevilla, 1574. Padilla Lib. (Ed. Facsímil). Sevilla, 1988.

5. Sauret Valet J. Sobre el uso y aplicaciones terapéuticas de la Nicotiana tabacum durante los siglos XVI – XVIII. Arch Bronconeumol., 1996; 32: 29 – 31.

6. Trousseau A, Pidoux H. Tratado de Terapéutica y Materia Médica. Imprenta de los Srs. Rojas. Madrid, 1872. Tomo II: 205 – 214.

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